La envidia me produce cierta tristeza. Y miedo. Ser envidioso es sumamente cruel. Necesitar lo que tiene el otro para realizarse debe ser una finalidad tristísima para el que así siente. ¡Qué tremenda espina abruma el sentir del envidioso! Nunca seremos el otro, poseer lo ajeno no nos libera de nosotros mismos. Por eso, el envidioso vive con la espina de la infertilidad.
Entendí algo así cuando leí "Abel Sánchez" de Unamuno. Joaquín, el Caín, el envidioso, era una víctima, más allá de que la justificación de su envidia fuese que dios lo había dispuesto así, el dolor de Caín es vergonzoso para él, posteriormente para su estirpe. Y es un sentimiento deleznable, jamás satisfecho, solo puede generar tristeza, así como la conformidad puede brindar cierta paz o la generosidad y el altruismo, satisfacción y felicidad.
El envidioso odia. Esto puede desencadenar en asesinato, como es el caso del Caín de Unamuno. O, simplemente, derivar en la sempiterna frustración del envidioso. La intranquilidad lo subyuga. De esta forma, su accionar está medido por el otro, por el que posee lo que el envidioso desea. Y, como toda pasión, no lo deja en paz.
El que envidia, reniega de su yo. Nunca encuentra satisfactorio lo que posee, aunque posea el oro y el moro. Incluso, su perfección anímica o intelectual se ven deslucidas por las cualidades que posee el envidiado. La envidia es producto y causa de una gran insatisfacción.
Las personas le temen a la envidia. Le atribuyen ciertos poderes negativos que se combaten con cintas rojas o amuletos, como si del mismísimo demonio se tratara. Es que su fuerza se arrastra de por vida, como una pesada carga, de ira, de odio, de pasión, capaz de matar.
La envidia es maldad y puede hacer mucho daño. Pero el mayor damnificado es el envidioso. Porque no vive.
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