La mujer lloraba y lloraba. Su marido, preocupado, le preguntó qué sucedía.
El hombre reía y reía. La mujer, extrañada, le preguntó qué le pasaba.
Bocas de expendio
Digresiones
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Escritos sobre la timidez
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Palabrerío
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Pecados
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Relatos infundamentales
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Viajes
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martes
Imposible
Él le dijo que ya no la quería.
Ella dijo que eso no era posible.
Él se quedó con ella.
Ella ya no lo quiso.
Ella dijo que eso no era posible.
Él se quedó con ella.
Ella ya no lo quiso.
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Relatos infundamentales
viernes
El amor eterno existe (segunda opción)
Mi corazón se embriagaba y festejaba el amor como loco. Ella se acercó, me tomó de la mano y, apresurada, me arrastró hasta la plaza del Garraham. Allí me besó, sin vergüenza, como si me hubiese extrañado, como si no hubiesen pasado más de treinta años. Y la tenía enfrente, tan radiante, tan joven, y yo enfrente, tan viejo, tan gastado. Ese amor impetuoso, bullicioso, voraz, eterno, ¿podría revivir en este viejo?, ¿volverse joven el cuerpo marchito y recuperar las ansias de aquellos encuentros? No. Por eso, despejé el olor con una mano como quien sacude un rechazo.
Le acaricié el rostro limpio y me retiré.
Le acaricié el rostro limpio y me retiré.
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miércoles
El amor eterno existe
El amor más pasional es el que uno siente en la juventud, cuando uno escribe cartas llenas de promesas, cuando uno piensa todo el tiempo en la persona amada, se desespera, adelgaza, engorda, siente que muere. Como, evidentemente, nunca muere, a no ser que uno sea capaz de llegar a ese extremo, y, además, uno puede volver a sentir lo mismo por otro aunque eso parecía imposible, la vida nos enseña que hay otro tipo de amor, más calmo, más fácil de sobrellevar y, por ende, más duradero. Podríamos decir también que es el verdadero.
Sin embargo, la memoria, tan selectiva, siempre tiene alguna imagen, olor o sonido para revivir esos primeros grandes amores. O el primero, mejor.
Duró solo dos años, pero dos años en la décima década de vida son una eternidad. Obviamente, ella era toda belleza e inteligencia y yo, en cambio, era un tarambana cabezón. Teníamos compañeros más atractivos que yo, más cancheros, más ganadores. Pero ella se fijó en mí. No sé por qué. Ni importó jamás. Nos veíamos después de clases porque durante el horario escolar nos manteníamos a distancia o nos molestábamos para disimular la necesidad de estar juntos. Y cuando íbamos de la mano, caminando por el Parque Ameghino o por el Garraham, no hablábamos mucho, cada tanto alguna cosita que nos hacía reír o nos dábamos besos que parecían inacabables. Y eso era todo, era suficiente. Era amor, aunque después yo mirara a otras chicas o me volviese loco alguna mujerota de la televisión.
Después, terminó. Ella empezó por hacerse negar cuando la llamaba por teléfono; nos reíamos menos cuando salíamos a caminar; nos besábamos con frialdad y rapidez, al pasar. Había muerto la pasión y, con la muerte de la pasión, también había llegado el final de la pareja. Pareja es un término demasiado pesado para ese noviazgo de chicos con curiosidad.
Al año, creo que en su caso antes, ya habíamos olvidado el tema y recuperábamos el tiempo. Otras personas, salidas, facultad, trabajo, profesión, familia. Todo dentro de unos cánones demasiado normales y formales, demasiada estructura que concluyó por coartar la libertad y anclarla a una sociedad que me aceptaba así. Había conocido ya el amor de la madurez y el amor de los hijos y creía que eso era suficiene.
Sin embargo, una tarde cualquiera (el tiempo de la madurez se escurre tan rápido y tan solapadamente que, a veces, uno siente que todos los días son iguales), caminando despreocupado hacia casa, me acorraló contra el pasado un olor, un perfume viejo, incansablemente sentido, adorado, añorado. La cuadra por la que andaba conservaba rémoras de ese pasado juvenil. Hasta las plantas, los automóviles, el tendido de cables, todo parecía una reminiscencia del pasado. Y entre todo esto, apareció ella, con sus dieciséis o diecisiete años. Joven y hermosa, como la recordaba. Ella era la que llevaba su antiguo aroma. Clavó sus ojos claros en los míos y oí que me nombraban con vergüenza y anhelo, como solía hacer ella en aquellos tiempos. Mi corazón pudo embriagarse y festejar como loco. Sin embargo, ella, con su pelo como hojas del otoño, pasó a mi lado, ensimismada; evidentemente, no me había reconocido. Y siguió de largo, dejando a su paso el último rastro de mi juventud y de aquel amor apasionado.
Sin embargo, la memoria, tan selectiva, siempre tiene alguna imagen, olor o sonido para revivir esos primeros grandes amores. O el primero, mejor.
Duró solo dos años, pero dos años en la décima década de vida son una eternidad. Obviamente, ella era toda belleza e inteligencia y yo, en cambio, era un tarambana cabezón. Teníamos compañeros más atractivos que yo, más cancheros, más ganadores. Pero ella se fijó en mí. No sé por qué. Ni importó jamás. Nos veíamos después de clases porque durante el horario escolar nos manteníamos a distancia o nos molestábamos para disimular la necesidad de estar juntos. Y cuando íbamos de la mano, caminando por el Parque Ameghino o por el Garraham, no hablábamos mucho, cada tanto alguna cosita que nos hacía reír o nos dábamos besos que parecían inacabables. Y eso era todo, era suficiente. Era amor, aunque después yo mirara a otras chicas o me volviese loco alguna mujerota de la televisión.
Después, terminó. Ella empezó por hacerse negar cuando la llamaba por teléfono; nos reíamos menos cuando salíamos a caminar; nos besábamos con frialdad y rapidez, al pasar. Había muerto la pasión y, con la muerte de la pasión, también había llegado el final de la pareja. Pareja es un término demasiado pesado para ese noviazgo de chicos con curiosidad.
Al año, creo que en su caso antes, ya habíamos olvidado el tema y recuperábamos el tiempo. Otras personas, salidas, facultad, trabajo, profesión, familia. Todo dentro de unos cánones demasiado normales y formales, demasiada estructura que concluyó por coartar la libertad y anclarla a una sociedad que me aceptaba así. Había conocido ya el amor de la madurez y el amor de los hijos y creía que eso era suficiene.
Sin embargo, una tarde cualquiera (el tiempo de la madurez se escurre tan rápido y tan solapadamente que, a veces, uno siente que todos los días son iguales), caminando despreocupado hacia casa, me acorraló contra el pasado un olor, un perfume viejo, incansablemente sentido, adorado, añorado. La cuadra por la que andaba conservaba rémoras de ese pasado juvenil. Hasta las plantas, los automóviles, el tendido de cables, todo parecía una reminiscencia del pasado. Y entre todo esto, apareció ella, con sus dieciséis o diecisiete años. Joven y hermosa, como la recordaba. Ella era la que llevaba su antiguo aroma. Clavó sus ojos claros en los míos y oí que me nombraban con vergüenza y anhelo, como solía hacer ella en aquellos tiempos. Mi corazón pudo embriagarse y festejar como loco. Sin embargo, ella, con su pelo como hojas del otoño, pasó a mi lado, ensimismada; evidentemente, no me había reconocido. Y siguió de largo, dejando a su paso el último rastro de mi juventud y de aquel amor apasionado.
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martes
Nosotros, los representantes
Soy consumidora de diversos servicios, pago por ellos. Servicios que deseo hasta que ya no me son útiles. Es mi derecho cancelar la prestación cuando ya no me satisface. Así que me cansé del servicio de televisión por cable e internet de una empresa cualquiera y decidí darlo de baja. Busqué la boleta, anoté el número. En la boleta aclaraba contundentemente que la baja debía ser dada en los primeros quince días del mes. Todo parecía estar en regla.
Después de marcar cada uno de los números que se correspondían con mi necesidad y de escuchar una melodía que a los dos segundos me resultó odiosa, logré comunicarme. El "representante" que me atendió con mucha amabilidad, Daniel o Lucas, qué más da, me sugirió que reflexionara acerca de mi requerimiento, ofreciéndome un sinfín de planes y ofertas, innecesarios dada mi férrea voluntad de terminar la relación comercial que me unía con la empresa de mierda. Ante las reiteradas negativas, el "representante", de cuyo nombre no logro acordarme, me indicó que debía transferirme con otro "representante" del área encargada de convencerme de no dar de baja. En esos largos minutos en los que volví a enfrentarme con la musiquita, mi imaginación recreó la desesperación de todo un plantel de “representantes” ante la presencia de un ser indeseado que no requería más el servicio. Me imaginaba a Esteban o Marcos, o como se haya hecho llamar, corriendo pasillos, escaleras arriba y abajo, al grito de "¡Una baja!", buscando alguien capacitado para convencer a un espíritu enceguecido de su error. Así fue como me llegó la voz de una mujer, conciliadora, dulce; una chica joven, una “representante” idónea y convencida de la calidad del servicio. Le comuniqué mi pedido y, otra vez, tuve que escuchar la cantinela de ofertas y promesas vanas. No quiero. No quiero nada. ¿Hay algún conocido o familiar a quien quiera transferirle el servicio? No. Me pidió entonces el número de teléfono, un celular, el número de cliente, el nombre del titular... Y ahí encontró el hilo del cual tirar la pobre paciencia que empezaba a flaquear.
“Como no es el titular, deberá enviar un mail con el asunto, el motivo por el cual, el número de cliente..”
“¿Y si es el titular el que llama?”
“También debería mandar el mail”
“Estoy llamando desde el teléfono de línea del titular. ¿Pensás que me metí en la casa del titular para dar de baja el servicio de cable?”
“De cualquier forma, para dar de baja, hay que enviar un mail”
“Entonces, es una tomada de pelo. En la boleta no dice nada sobre mails”...
En definitiva, la conversación fue larga, dura, violenta. Terminó cuando Daiana, de ella me acuerdo muy bien el nombre, respondió que cortaba la comunicación si continuaba con la agresión verbal y el griterío. Y cortó. Me hizo un favor. Ella no tiene la culpa de nada, es una empleada, la “representante” de unos hijos de puta que nunca van a dar la cara.
El titular finalmente mandó el mail. Se dio de baja el servicio y se contrató otro para lo cual hubo que conversar, también infinidad de veces, con otros “representantes”.
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domingo
Cuento Fantástico
Deseás escribir un cuento fantástico que no haya sido escrito antes. Leíste tantos y tan majestuosos. Analizaste, gracias a los grandes teóricos de este tipo de literatura, cada una de las técnicas de escritura. Y, sin embargo, no se te ocurre nada.
Todo está dispuesto. Son ya las dos de la mañana. Tenés delante la pantalla de la computadora nula, ya que no hay manera de enganchar el wifi del vecino. Sin embargo, estás leyendo unos documentos sobre historia, que te interesan mucho, principalmente los que hablan sobre las grandes guerras o las pequeñas. Estás bebiendo café. Muy poco, en realidad, por el tema de la acidez. Además, te trajiste un poco de agua fresca para calmar el ardor en la boca del estómago cuando llegue. Siempre llega.
No hace calor. Cada tanto sentís un extraño escalofrío, como si una pequeña corriente te atravesara la espina dorsal. Es la postura, te decís. Y tenés razón, porque, al acomodarte, sentís un cosquilleo en los glúteos.
Sería mejor ir a dormir con tu mujer o acercarte a observar embelesado como respira tu hija en su cuna, acalorada por el abrigo de sábanas y colchas. Sin embargo, el sueño no llega, aunque sentís cierta pesadez en los ojos. Imaginás que, si te acostás, al instante tus ojos se acostumbrarían a la penumbra y observarías formas diversas; escucharías, con esa atención vivaz que solo permite el silencio, los ruidos de la noche, los insectos, las aves, el viento, los gatos. Hasta que se cierren los ojos involuntariamente, la vigilia sería una tortura. Mejor que el sueño venza.
No obstante, las sombras de la noche invitan al descanso. O al terror. La soledad es más aterradora de noche, más patente cuando uno no puede dormir.
Unos pasos en la vereda parecen correr, ¿será que hay alguien en peligro? Otro ruido. El de algo que golpea contra otra cosa sin que puedas identificar qué. Viene de arriba. De arriba de tu cabeza. Levantás la vista y te das cuenta de que un insecto golpea contra la lámpara de papel de arroz. Sentado frente a la computadora, sentís que estás perdiendo el tiempo. Unos golpes en la ventana te despabilan de esa modorra en la que casi te sumergís. Pensás que deberías haber cerrado la persiana. Tu casa está demasiado expuesta con las persianas levantadas. Quedás estático unos minutos, pero después te levantás y caminás hacia la puerta para ver por la mirilla. Nada. Te acercás a la ventana, corrés la cortina y nada. Escuchás con atención, pero no oís nada.
Para erradicar el temor creciente, salís a fumar un cigarrillo al patio. La puerta hace un ruido que no se siente de día. Afuera, hace frío y el humo del cigarrillo deja estelas que ascienden por las escaleras, hacia la terraza. La luz de la luna es tenue, la cubre esa niebla de las noches sin suerte. El viento hace ondear los cables que atraviesan la casa y las hojas de las plantas que viven en tus macetas.
En algunos lugares del cielo, la oscuridad va aclarándose. Podrías subir a la terraza y observar el amanecer sobre el barrio de casas bajas. El cielo, de a poco, va adquiriendo un celeste frío. De hecho, la temperatura descendió bastante. Podrías esperar a ver la claridad en su totalidad. Pero no, un sonido comienza a despertar al barrio. El cigarrillo se consume y es mejor entrar.
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sábado
El viaje del caracol
El caracol es un molusco gasterópodo pulmonado pero eso él no lo sabe. Él conoce de hojas, de pasto, de rocío, de animales peligrosos, de caminar lentamente, aunque algunos le llamen arrastrarse. No conoce de apuros y disfruta del día y de la noche ya que para él no hay tiempo indicado con números horribles.
En mi jardín de la infancia, vivían tres caracoles a los que nunca les puse nombre porque eran muy parecidos. En muchas ocasiones, quise investigar sus costumbres pero siempre concluyó por vencerme el aburrimiento.
Cuando me acercaba a cualquiera de ellos, hacía crecer sus antenas y los otros dos aparecían por los alrededores, como si se estuviesen aprestando para la defensa.
Jamás se me ocurrió encerrarlos porque imaginaba una vida denro de un tarro o una pecera y me sofocaba.
Sigo. Se cuidaban entre ellos, aunque el resto del día estuviesen separados, alejados, cada uno pegado a su hojita, a la pared verdosa que habían elegido o en cualquier hueco húmedo.
Una vez, uno de ellos, cualquiera de ellos, desapareció durante un tiempo. Fue una semana, quizás un poco más. Los otros mantuvieron sus costumbres como si siempre hubiesen sido dos.
Y así fue como se me ocurrió esta historia, en un intento por explicar o justificar dicha desaparición.
El caracol, cansado de la monotonía y el contexto inmutable, decidió viajar. Evidentemente, la idea de viaje en un caracol es muy diferente a la que tenemos nosotros. Ni siquiera cruzó la calle.
La primera parada fue en el jardín del vecino cuyo cerezo asomaba sus ramas a la calle. El problema es que el árbol atraía a un número contundente de mirlos que se encargaban de picotear las hojas y al caracol que estaba sobre una de ellas.
Decidió escapar de aquellos pájaros negros y se dirigió al jardín siguiente. Allí se encontró con unas plantas muy apetecibles. Pero dicho edén, que crecía de manera irregular tal cual ordenaba la madre naturaleza, estaba ya gobernado por un vinagrero o cárabo dorado, como le llaman los médicos. Y ese bicho es, de por sí, un enemigo acérrimo del caracol que no dudó en huir velozmente del lugar.
Le siguió el jardín más espectacular de la cuadra, casi un laberinto de distintas especies planeado por un arquitecto, un amante de la botánica. Pero este señor tanto quería a sus plantas que odiaba a todo insecto, gusano, bicho, bicharraco y demás que las afease. Por lo tanto, utilizaba cualquier producto insecticida venenoso que pudiese terminar con las plagas sin hacer daño a su hermosas flores palaciegas. Así que el caracol, apenas hubo pisado el terreno comenzó a sentir los vahídos propios de las sustancias tóxicas. Incluso las plantas que había probado sabían diferentes de todas las anteriores.
Así que siguió su camino e ingresó en el último jardín de la manzana. Dentro, vivía una anciana que había descuidado el lugar. Las plantas agonizaban en macetas, pudriéndose a la sombra o quemándose al sol. Pocas tenían verde y las que lo conservaban aún presentaban el tinte marrón en las raíces propio del cese completo de la vida. Una tristeza.
Finalmente, después de aquella vueltita, el caracol volvió a casa, a sus amigos caracoles que ni se inmutaron con su regreso como si siempre hubiesen sido tres.
En mi jardín de la infancia, vivían tres caracoles a los que nunca les puse nombre porque eran muy parecidos. En muchas ocasiones, quise investigar sus costumbres pero siempre concluyó por vencerme el aburrimiento.
Cuando me acercaba a cualquiera de ellos, hacía crecer sus antenas y los otros dos aparecían por los alrededores, como si se estuviesen aprestando para la defensa.
Jamás se me ocurrió encerrarlos porque imaginaba una vida denro de un tarro o una pecera y me sofocaba.
Sigo. Se cuidaban entre ellos, aunque el resto del día estuviesen separados, alejados, cada uno pegado a su hojita, a la pared verdosa que habían elegido o en cualquier hueco húmedo.
Una vez, uno de ellos, cualquiera de ellos, desapareció durante un tiempo. Fue una semana, quizás un poco más. Los otros mantuvieron sus costumbres como si siempre hubiesen sido dos.
Y así fue como se me ocurrió esta historia, en un intento por explicar o justificar dicha desaparición.
El caracol, cansado de la monotonía y el contexto inmutable, decidió viajar. Evidentemente, la idea de viaje en un caracol es muy diferente a la que tenemos nosotros. Ni siquiera cruzó la calle.
La primera parada fue en el jardín del vecino cuyo cerezo asomaba sus ramas a la calle. El problema es que el árbol atraía a un número contundente de mirlos que se encargaban de picotear las hojas y al caracol que estaba sobre una de ellas.
Decidió escapar de aquellos pájaros negros y se dirigió al jardín siguiente. Allí se encontró con unas plantas muy apetecibles. Pero dicho edén, que crecía de manera irregular tal cual ordenaba la madre naturaleza, estaba ya gobernado por un vinagrero o cárabo dorado, como le llaman los médicos. Y ese bicho es, de por sí, un enemigo acérrimo del caracol que no dudó en huir velozmente del lugar.
Le siguió el jardín más espectacular de la cuadra, casi un laberinto de distintas especies planeado por un arquitecto, un amante de la botánica. Pero este señor tanto quería a sus plantas que odiaba a todo insecto, gusano, bicho, bicharraco y demás que las afease. Por lo tanto, utilizaba cualquier producto insecticida venenoso que pudiese terminar con las plagas sin hacer daño a su hermosas flores palaciegas. Así que el caracol, apenas hubo pisado el terreno comenzó a sentir los vahídos propios de las sustancias tóxicas. Incluso las plantas que había probado sabían diferentes de todas las anteriores.
Así que siguió su camino e ingresó en el último jardín de la manzana. Dentro, vivía una anciana que había descuidado el lugar. Las plantas agonizaban en macetas, pudriéndose a la sombra o quemándose al sol. Pocas tenían verde y las que lo conservaban aún presentaban el tinte marrón en las raíces propio del cese completo de la vida. Una tristeza.
Finalmente, después de aquella vueltita, el caracol volvió a casa, a sus amigos caracoles que ni se inmutaron con su regreso como si siempre hubiesen sido tres.
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lunes
Va a sonar a perogrullada, pero ser padre es una tarea muy difícil. Como la de minero, uno se introduce en una cueva oscura con una pequeña linterna que son las experiencias narradas pero que de nada sirven ante lo ignoto que cada curva o vida representa. Ahora, de esa cueva se pueden extraer piedras preciosas, materiales nobles. O también, uno puede picar durante años en una piedra obsoleta, inviolable, inútil. Un hijo puede ser comparado con esa cueva. Qué sé yo.
A estas reflexiones infructuosas me llevaron unos amigos que tuvieron hace algunos cuantos años a su primera hija. Y última, por cierto.
No hay culpables en esta historia y tampoco hay final feliz, por lo menos no acá.
La hija de este matrimonio nació tan vistosa y tan perfecta que, en poco tiempo, fue reina sin haber sido princesa. Y así empieza el dilema. Si bien sus padres eran personas capaces y calculaban el daño, la niña no obtenía una negación como respuesta aunque su capricho implicara el extenuante sometimiento de sus progenitores a un sinfín de vejaciones.
Así fue como, un día cualquiera, el padre y la niña caminaban por una avenida cualquiera de la Capital Federal, pongamos Caseros, y a la endemoniada se le antojó una muñeca que se negaba tranquila en una vidriera. El padre quiso evitar las manchas púrpuras y el alarido de la criatura, porque encima de todo la niña tenía unas mañas ineluctables, entonces compró la muñeca, muy a pesar de su bolsillo.
No era un juguete cualquiera, tenía mucho cabello extrañamente dorado, un hermoso vestidito rosa y dos ojos alelados, casi humanos, que se abrían y se cerraban a medida que su dueña la meciese. Era un primor y supongo que eso encabronó a la tirana que, al poco tiempo, le había dejado la mollera como una bola, los ojos inutilizados y le había escrito en todo el cuerpo un sinnúmero de mensajes indescifrables, evidentemente demoníacos.
El padre, pobre hombre, tratando de remediar el horror y la pérdida, decidió vender la muñeca a una casa de restauración de juguetes, aunque nunca recuperó ni remotamente lo invertido. Por otro lado, la nena ni se mosqueó por la desaparición, tan acostumbrada como estaba a suplir una cosa por otra y a que nada tuviese un valor y menos simbólico.
Y aunque debería terminar el relato porque la idea del perjuicio que los padres dóciles acarrean a sus hijos está expuesta, la historia no termina acá ya que, además de todo, parece que no existe tal cosa como la justicia poética y evidentemente la vida no conoce de leyes del Talión ni de ningún otro tipo.
Un tiempo después, olvidada por otras histerias la anécdota de la muñeca, la madre de la niña, siguiendo el camino trazado por el destino de madre sumisa y amorosa, iba caminando junto a su hija por una avenida cualquiera, podría bien tratarse de Monroe. A pesar de lo que podría esperarse, la nena ese día parecía satisfecha y feliz, que es lo mismo. Ya conversaba tan abiertamente que no tuvo problemas en comunicar que deseaba esa muñeca que descansaba alelada, con sus ojos casi humanos, su extraña cabellera dorada y su vestidito rosado en la vidriera de aquella casa de restauración de muñecos maltratados.
A estas reflexiones infructuosas me llevaron unos amigos que tuvieron hace algunos cuantos años a su primera hija. Y última, por cierto.
No hay culpables en esta historia y tampoco hay final feliz, por lo menos no acá.
La hija de este matrimonio nació tan vistosa y tan perfecta que, en poco tiempo, fue reina sin haber sido princesa. Y así empieza el dilema. Si bien sus padres eran personas capaces y calculaban el daño, la niña no obtenía una negación como respuesta aunque su capricho implicara el extenuante sometimiento de sus progenitores a un sinfín de vejaciones.
Así fue como, un día cualquiera, el padre y la niña caminaban por una avenida cualquiera de la Capital Federal, pongamos Caseros, y a la endemoniada se le antojó una muñeca que se negaba tranquila en una vidriera. El padre quiso evitar las manchas púrpuras y el alarido de la criatura, porque encima de todo la niña tenía unas mañas ineluctables, entonces compró la muñeca, muy a pesar de su bolsillo.
No era un juguete cualquiera, tenía mucho cabello extrañamente dorado, un hermoso vestidito rosa y dos ojos alelados, casi humanos, que se abrían y se cerraban a medida que su dueña la meciese. Era un primor y supongo que eso encabronó a la tirana que, al poco tiempo, le había dejado la mollera como una bola, los ojos inutilizados y le había escrito en todo el cuerpo un sinnúmero de mensajes indescifrables, evidentemente demoníacos.
El padre, pobre hombre, tratando de remediar el horror y la pérdida, decidió vender la muñeca a una casa de restauración de juguetes, aunque nunca recuperó ni remotamente lo invertido. Por otro lado, la nena ni se mosqueó por la desaparición, tan acostumbrada como estaba a suplir una cosa por otra y a que nada tuviese un valor y menos simbólico.
Y aunque debería terminar el relato porque la idea del perjuicio que los padres dóciles acarrean a sus hijos está expuesta, la historia no termina acá ya que, además de todo, parece que no existe tal cosa como la justicia poética y evidentemente la vida no conoce de leyes del Talión ni de ningún otro tipo.
Un tiempo después, olvidada por otras histerias la anécdota de la muñeca, la madre de la niña, siguiendo el camino trazado por el destino de madre sumisa y amorosa, iba caminando junto a su hija por una avenida cualquiera, podría bien tratarse de Monroe. A pesar de lo que podría esperarse, la nena ese día parecía satisfecha y feliz, que es lo mismo. Ya conversaba tan abiertamente que no tuvo problemas en comunicar que deseaba esa muñeca que descansaba alelada, con sus ojos casi humanos, su extraña cabellera dorada y su vestidito rosado en la vidriera de aquella casa de restauración de muñecos maltratados.
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jueves
La fuerza del cocodrilo
En la selva, aunque no puedas creerlo, todos los animales jugaban y se divertían unos con otros sin que existieran mayores conflictos.
Sin embargo, ahora, nadie quiere jugar con el cocodrilo. El cocodrilo tiene totalmente prohibido jugar con los demás.
Los animales lo desprecian porque, según ellos, es un animal temible y torpe.
Parece que un día, los monos y los lemures estaban jugando a una especie de volley. El cocodrilo, desde el agua, observaba atentamente el partido sin entender nada de lo que pasaba en aquel campo de juego.
En cierto momento, uno de los simios le arrojó a un lemur la pelota, pero este no supo calcular la distancia y brincó tan alto que la pelota siguió su curso, golpeó contra una roca, rebotó en una rama y cayó con un estruendo en medio del arroyuelo donde vivía el cocodrilo. Este quiso hacer amistad y, aunque no tenía idea de como se jugaba a semejante juego extraño, atrapó la pelota con sus dientes y psssss....la pelota se pinchó. Los animales que estaban jugando no dijeron nada y, desilusionados, se alejaron del lugar.
Así fue como, por intentar meterse en el juego de los demás sin conocer las reglas ni sus propias capacidades, fue despreciado consuetudinariamente.
Sin embargo, ahora, nadie quiere jugar con el cocodrilo. El cocodrilo tiene totalmente prohibido jugar con los demás.
Los animales lo desprecian porque, según ellos, es un animal temible y torpe.
Parece que un día, los monos y los lemures estaban jugando a una especie de volley. El cocodrilo, desde el agua, observaba atentamente el partido sin entender nada de lo que pasaba en aquel campo de juego.
En cierto momento, uno de los simios le arrojó a un lemur la pelota, pero este no supo calcular la distancia y brincó tan alto que la pelota siguió su curso, golpeó contra una roca, rebotó en una rama y cayó con un estruendo en medio del arroyuelo donde vivía el cocodrilo. Este quiso hacer amistad y, aunque no tenía idea de como se jugaba a semejante juego extraño, atrapó la pelota con sus dientes y psssss....la pelota se pinchó. Los animales que estaban jugando no dijeron nada y, desilusionados, se alejaron del lugar.
Así fue como, por intentar meterse en el juego de los demás sin conocer las reglas ni sus propias capacidades, fue despreciado consuetudinariamente.
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sábado
Desequilibrado
Llueve, sale el sol, garúa finito, se mantiene nublado y amenazante. Cualquier cosa que se consulte indica lo mismo: inestable. Con estas vacilaciones, difícilmente un ser humano pueda tomar una determinación.
Kandinski se dirige al trabajo, abre su paraguas negro en la puerta de su casa. Todavía no llueve pero es un hombre muy precavido. A la cuadra y media, le cae encima un vendaval. El viento huracanado le da vuelta el paraguas. Así se moja todo el torso, desde la cabeza. Y Kandinski putea, por lo bajo, porque es un hombre muy educado.
El charco de la esquina es víctima de la rueda iracunda de un auto que, en lugar de frenar, acelera. Las gotas del bache le dan de lleno a Kandinski en el pantalón hasta la altura de la bragueta. ¡Mirá que llegar al trabajo en esas condiciones! Tiene que volver a su casa, porque es un hombre pulcro y le da vergüenza su facha.
Para esta altura son las nueve y lleva media hora de retraso. Después de cambiarse el saco, el pantalón, la camisa, la corbata y las medias (porque, si bien las otras no estaban mojadas, violaban el compossé), agarra veinte pesos para el taxi, ya que, como Kandinski es un hombre responsable, no puede demorarse aún más.
Parado en la esquina del baño de barro, le levanta el brazo con apremio al primer coche libre que pasa. Se sube y ordena la dirección.
Kandinski no conoce las manos y contramanos, por lo tanto acepta la sugerencia que el chofer le hace, además de tratarse de un hombre sumamente respetuoso del conocimiento ajeno. De esta manera, conoce, de los cien barrios porteños, cada uno de los sitios de interés y, por el tour, finiquita sus veinte pesos. Como no se trata de un hombre al que le gusten los conflictos y, en general, acepta lo que venga, se baja del automóvil sin chistar.
El retraso le causa con el gerente una disputa en la que Kandinski no participa. Oye los reproches y las recomendaciones con el rabo entre las piernas (y mordiéndose la lengua para no ponerse colorado).
Sale del trabajo, más tarde de lo acostumbrado. El sol de las cinco de la tarde raja la tierra. Sólo cuenta con ochenta centavos, que no le sirven porque el bondi aumentó la semana pasada. Así que Kandinski debe cargar con el paraguas, la gabardina, el saco y el pulóver.
Al verlo llegar, la vecina, que tiene por costumbre vivir en la vereda, le comenta como al pasar: "Usted sí que está loco. ¡Con el calor que hace, salir tan abrigado!"
Y la verdad es que nadie puede culpar a Kandinski de la flor de piña que le propinó a la vieja en medio del semblante; Kandinski nunca fue un tipo violento ni es misógino.
La culpa la tiene el tiempo que anda desequilibrado.
Kandinski se dirige al trabajo, abre su paraguas negro en la puerta de su casa. Todavía no llueve pero es un hombre muy precavido. A la cuadra y media, le cae encima un vendaval. El viento huracanado le da vuelta el paraguas. Así se moja todo el torso, desde la cabeza. Y Kandinski putea, por lo bajo, porque es un hombre muy educado.
El charco de la esquina es víctima de la rueda iracunda de un auto que, en lugar de frenar, acelera. Las gotas del bache le dan de lleno a Kandinski en el pantalón hasta la altura de la bragueta. ¡Mirá que llegar al trabajo en esas condiciones! Tiene que volver a su casa, porque es un hombre pulcro y le da vergüenza su facha.
Para esta altura son las nueve y lleva media hora de retraso. Después de cambiarse el saco, el pantalón, la camisa, la corbata y las medias (porque, si bien las otras no estaban mojadas, violaban el compossé), agarra veinte pesos para el taxi, ya que, como Kandinski es un hombre responsable, no puede demorarse aún más.
Parado en la esquina del baño de barro, le levanta el brazo con apremio al primer coche libre que pasa. Se sube y ordena la dirección.
Kandinski no conoce las manos y contramanos, por lo tanto acepta la sugerencia que el chofer le hace, además de tratarse de un hombre sumamente respetuoso del conocimiento ajeno. De esta manera, conoce, de los cien barrios porteños, cada uno de los sitios de interés y, por el tour, finiquita sus veinte pesos. Como no se trata de un hombre al que le gusten los conflictos y, en general, acepta lo que venga, se baja del automóvil sin chistar.
El retraso le causa con el gerente una disputa en la que Kandinski no participa. Oye los reproches y las recomendaciones con el rabo entre las piernas (y mordiéndose la lengua para no ponerse colorado).
Sale del trabajo, más tarde de lo acostumbrado. El sol de las cinco de la tarde raja la tierra. Sólo cuenta con ochenta centavos, que no le sirven porque el bondi aumentó la semana pasada. Así que Kandinski debe cargar con el paraguas, la gabardina, el saco y el pulóver.
Al verlo llegar, la vecina, que tiene por costumbre vivir en la vereda, le comenta como al pasar: "Usted sí que está loco. ¡Con el calor que hace, salir tan abrigado!"
Y la verdad es que nadie puede culpar a Kandinski de la flor de piña que le propinó a la vieja en medio del semblante; Kandinski nunca fue un tipo violento ni es misógino.
La culpa la tiene el tiempo que anda desequilibrado.
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Relatos infundamentales
lunes
La paliza
Silvia se apoyó sobre el hombro de su padre y comenzó a llorar. El padre, magnánimo, principesco, le daba golpecitos en la cabeza, fuertes pero consoladores.
Silvia no podía hablar. Le temblaban las manos y le lloraba la nariz. Enjugaba los mocos y sus ojos parecían recordar. Así, recomenzaban sus guturales sonidos, máxima expresión de su pesar.
La madre de Silvia observaba la escena con la cara mortificada. "¿Qué estará tramando ésta ahora?", pensaba.
Silvia dejó su aureola en la camisa del padre y subió a su cuarto. Se encontraba atenazada por la duda. ¿Habría surtido efecto su actuación? ¿La importunarían ahora con preguntas que no sabría cómo responder? Tendría que inventar algo rápido y creíble para sortear el interrogatorio.
Abajo, la madre había retomado sus tareas, resentida contra el padre permisivo que no había reprimido el espíritu libertino de la hija. Pero él, compañero, amigable, se le acercó. Ella, acostumbrada a obedecer por alojamiento y comida, le preguntó si quería llevarle algo para comer.
"No me jodás", contestó, "vamos a la cocina a ver el partido".
Silvia no podía hablar. Le temblaban las manos y le lloraba la nariz. Enjugaba los mocos y sus ojos parecían recordar. Así, recomenzaban sus guturales sonidos, máxima expresión de su pesar.
La madre de Silvia observaba la escena con la cara mortificada. "¿Qué estará tramando ésta ahora?", pensaba.
Silvia dejó su aureola en la camisa del padre y subió a su cuarto. Se encontraba atenazada por la duda. ¿Habría surtido efecto su actuación? ¿La importunarían ahora con preguntas que no sabría cómo responder? Tendría que inventar algo rápido y creíble para sortear el interrogatorio.
Abajo, la madre había retomado sus tareas, resentida contra el padre permisivo que no había reprimido el espíritu libertino de la hija. Pero él, compañero, amigable, se le acercó. Ella, acostumbrada a obedecer por alojamiento y comida, le preguntó si quería llevarle algo para comer.
"No me jodás", contestó, "vamos a la cocina a ver el partido".
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A la madre que la parió
La Diosa y Ramiro se encuentran en la calle. Ella lleva su vestido floreado de siempre. Ramiro se pone nervioso siempre que la encuentra porque la Diosa nunca dice más de lo necesario y él se queda con muchas preguntas sin responder.
Ramiro es un entusiasta, una especie de diletante que ama la observación y el conocimiento profundo de todo fenómeno.
Para la Diosa, hace años que Ramiro es tan sólo un iniciado. Por lo tanto, no merece todas las respuestas.
Caminan juntos entre un sinfín de personas que no les prestan atención.
Ramiro ya no tiene ganas de insistir y Ella se da cuenta. Quiere convencerlo de que guarda algún secreto, de que su hermetismo es una mina de oro.
Ramiro divaga, la cabeza gacha. Sus pasos se van haciendo más lentos y, sin embargo, la sigue como un perro.
A las pocas cuadras, se apodera de él una rabia inexorable y, con una bravura desconocida para su espíritu tímido, la toma del brazo: "Perdóneme, sin ánimos de ofenderla, ¡por qué no se va a la madre que la parió!".
Ramiro es un entusiasta, una especie de diletante que ama la observación y el conocimiento profundo de todo fenómeno.
Para la Diosa, hace años que Ramiro es tan sólo un iniciado. Por lo tanto, no merece todas las respuestas.
Caminan juntos entre un sinfín de personas que no les prestan atención.
Ramiro ya no tiene ganas de insistir y Ella se da cuenta. Quiere convencerlo de que guarda algún secreto, de que su hermetismo es una mina de oro.
Ramiro divaga, la cabeza gacha. Sus pasos se van haciendo más lentos y, sin embargo, la sigue como un perro.
A las pocas cuadras, se apodera de él una rabia inexorable y, con una bravura desconocida para su espíritu tímido, la toma del brazo: "Perdóneme, sin ánimos de ofenderla, ¡por qué no se va a la madre que la parió!".
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viernes
WC
Teníamos un sistema precario de convivencia. Realmente, no había tal cosa. Mediaba entre los dos una necesidad ingente de paz. La única opción era no molestarse. Ella deseaba más que nada ser feliz y yo buscaba, impaciente, la felicidad. No generábamos discordias infructuosas, no exigíamos el tiempo del otro.
Y, con el paso de los días, la relación se emparejó. Y la pareja se transformó en un amor sin huella. Y del amor a la compañía inexorable.
La necesidad vital de rozarla en las noches. La necesidad imperiosa de buscarle las manos entre la gente. De chocar mi mirada con la de ella para sentir que alguien me reconcía y deseaba mis propios anhelos.
Ni pasión letal, ni brusco enamoramiento; sino un amor tenue, paciente, cual pájaro carpintero, y perdónenme la comparación.
Y, con el paso de los días, la relación se emparejó. Y la pareja se transformó en un amor sin huella. Y del amor a la compañía inexorable.
La necesidad vital de rozarla en las noches. La necesidad imperiosa de buscarle las manos entre la gente. De chocar mi mirada con la de ella para sentir que alguien me reconcía y deseaba mis propios anhelos.
Ni pasión letal, ni brusco enamoramiento; sino un amor tenue, paciente, cual pájaro carpintero, y perdónenme la comparación.
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Los Demonios (el capítulo que Dostoievski se comió)
Shátov salió del estanque gargajeando un poco de moho y alguna que otra ranita. Sentía un espantoso dolor de cabeza; se tocó la frente y encontró el agujero. Era ancho y, evidentemente, profundo; pero, por suerte, no letal. Debería verse en un espejo.
Se preguntaba qué mamerto había atado las piedras (que, sin ayuda de ningún elemento cortante, se habían soltado apenas tocaron el lecho de aquella inmunda charca).
También le preocupaba si María Shátova ya se habría despertado y si la criatura, recién nacida, estaría chillando como un chancho.
Tendría que apresurarse porque le había dicho a María que sólo saldría por un momento.
Si bien estaba un poco mareado por el impacto, rápidamente logró orientarse y llegó a su casa. María y el pequeño dormitaban. Sólo se escuchaban los pasos de Kirílov que, como de costumbre, recorría su cuarto de un lado a otro.
Se sentó, con sumo cuidado, junto a su esposa y estuvo observándola hasta que el ruido de la tabla, por donde entraba Fedka el presidiario, lo sacó de su ensimismamiento. ¿Se le habrían agudizado los sentidos? Oyó (aunque era imposible) el murmullo de la conversación entre Kirílov y Piotr Stepánovich. Prestó atención pero no descifraba palabras.
De pronto, escuchó un disparo. Kirílov se había suicidado después de tanto pregonarlo. Y Piotr, seguramente satisfecho con los resultados, abandonó el lugar utilizando la salida del ya muerto delincuente.
Pensó que, efectivamente, los denunciaría. Shátov denunciaría al quinteto.
En ese momento, María Ignátievna le tocó el brazo y la criatura comenzó a chillar como un chancho. Ella le ordenó ásperamente que acomodara su almohada y que alzara al bebé. Y Shátov se sintió afortunado. Al verlos, María sonrió.
Shátov, por fin, era feliz. Después de tres años de abandono, otra vez tenía a su esposa; ahora era padre, aunque no biológico. Y, encima, pronto sería soplón.
Se preguntaba qué mamerto había atado las piedras (que, sin ayuda de ningún elemento cortante, se habían soltado apenas tocaron el lecho de aquella inmunda charca).
También le preocupaba si María Shátova ya se habría despertado y si la criatura, recién nacida, estaría chillando como un chancho.
Tendría que apresurarse porque le había dicho a María que sólo saldría por un momento.
Si bien estaba un poco mareado por el impacto, rápidamente logró orientarse y llegó a su casa. María y el pequeño dormitaban. Sólo se escuchaban los pasos de Kirílov que, como de costumbre, recorría su cuarto de un lado a otro.
Se sentó, con sumo cuidado, junto a su esposa y estuvo observándola hasta que el ruido de la tabla, por donde entraba Fedka el presidiario, lo sacó de su ensimismamiento. ¿Se le habrían agudizado los sentidos? Oyó (aunque era imposible) el murmullo de la conversación entre Kirílov y Piotr Stepánovich. Prestó atención pero no descifraba palabras.
De pronto, escuchó un disparo. Kirílov se había suicidado después de tanto pregonarlo. Y Piotr, seguramente satisfecho con los resultados, abandonó el lugar utilizando la salida del ya muerto delincuente.
Pensó que, efectivamente, los denunciaría. Shátov denunciaría al quinteto.
En ese momento, María Ignátievna le tocó el brazo y la criatura comenzó a chillar como un chancho. Ella le ordenó ásperamente que acomodara su almohada y que alzara al bebé. Y Shátov se sintió afortunado. Al verlos, María sonrió.
Shátov, por fin, era feliz. Después de tres años de abandono, otra vez tenía a su esposa; ahora era padre, aunque no biológico. Y, encima, pronto sería soplón.
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