Bocas de expendio

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domingo

Interpretación de un texto de Grondona

En enero de este año, el vicepresidente Boudou gozaba de una imagen positiva del 56 por ciento contra un 23 por ciento de imagen negativa, pero en abril estas cifras se revirtieron puesto que, al preguntárseles a los ciudadanos si consideraban a Boudou culpable o inocente en el caso Ciccone, mientras que el 32 por ciento de los encuestados lo creía culpable, un 35 por ciento tenía dudas sobre su comportamiento. El 67 por ciento de los encuestados pasó a tener así una imagen MÁS O MENOS (MÁS O MENOS, QUÉ SE YO, PONELE) negativa de Boudou, y estas cifras se SEGUIRÍAN (QUIZÁS SÍ, QUIZÁS NO, ANDÁ A SABER) agravando en las encuestas de mayo, en tanto que del 15 por ciento que aún lo creía inocente, una alta proporción correspondía al segmento JUVENIL FEMENINO (MACHISMO AL PALO, LAS MINAS SIGUEN VIENDO A BOUDOU COMO INOCENTE, PORQUE EL VICE ES MUY LINDO, ADEMÁS LAS MUJERES SON ESTÚPIDAS). Esta cuenta contrasta fuertemente con el leve desgaste en la imagen de la Presidenta, quien ha descendido del 54 por ciento de aprobación obtenido en las elecciones de octubre de 2011 al 41 por ciento actual. Los números que aquí consignamos reflejan el promedio entre las principales consultoras de opinión, lo cual explicaría por qué, en lugar de dejar a Boudou en la Presidencia durante su viaje relámpago a Angola, Cristina confió el sillón de Rivadavia a la presidenta provisional del Senado, Beatriz Rojkés de Alperovich, tercera en la línea de sucesión, mientras el vicepresidente viajaba a Suiza (EL VICE NO PUEDE ESTAR EN SUIZA, RECIBIENDO UN PREMIO, Y OCUPANDO LA PRESIDENCIA PROVISIONAL DEL SENADO AL MISMO TIEMPO,¿O SÍ?).
En tanto que el suave descenso de Cristina podría reflejar un desgaste natural cuando se pasa de las promesas electorales a la realidad, la abrupta caída de Boudou en las encuestas parece estar ligada al escándalo Ciccone, del que recibimos noticias cada día más graves (¿COMO CUÁL?). Estos números reflejan por su parte el cumplimiento de una ley que podríamos formular del siguiente modo: cuando la economía se enfría, y sólo cuando se enfría, renace un tema que, en tiempos de bonanza, la opinión pública tiende a relegar (¿DE QUÉ ENFRIAMIENTO HABLA?). Estamos hablando de la corrupción...

Mariano Grondona

Parto: expulsión o extracción del claustro materno del feto viable y sus anexos.

Todas las mujeres después de dar a luz tienen la necesidad de narrar la experiencia infinidad de veces. Desconozco la intención, eso que yo también tengo la misma imperiosa necesidad. Quizás se relaciona con la fuerza descomunal y superadora que una descubre en una misma. Tal vez tenga que ver con uno de los tantos misterios que tiene la maternidad. Pero no estoy acá para avalar la pseudo teoría de que las mujeres tenemos mayor coraje para enfrentar este tipo de situaciones y menos aún para refrendar la idea de que existe tal cosa llamada instinto maternal.
Me habían dicho que era difícil, doloroso e, incluso, denigrante. Pero tuve nueve meses de absoluta paz para olvidar todos los temores. No sufrí mareos, vahídos, retortijones de estómago, solo un poquito de acidez al consumir ciertos alimentos que me traían acidez antes del embarazo. Engordé alegremente, disfruté de la impunidad que da la maternidad y me permití ser más hinchapelotas que en los días de civil. Algunos no me dejaron pero otros me malcriaron como debe ser. No estaba enferma, no corría riesgos, pero me encontraba cargando una pequeña vida, la más pequeña de la familia, una nena.
Los nueve meses pasaron despeinando melenas. Ni los noté. Pero los últimos días sentía que desde el cuello hacia abajo era una masa uniforme, difícil de arrastrar. Conservaba la agilidad, pero solo en la cabeza.
El curso de preparto había sido divertido, aleccionador en cierta medida y funcionaba como excusa perfecta para salir de casa una vez comenzada la licencia. Sin embargo, desde el momento en que la explicación de lo que era una contracción no me había quedado clara, supe que no sabría reconocerlas. De hecho, la que daba las clases dijo: "Van a tener miedo de no reconocer las contracciones, pero, no se preocupen, se van a dar cuenta". En efecto.
El trece de mayo de 2009, dos días antes de la fecha del parto, tenía turno con el obstetra, al mediodía. Encontró todo en condiciones, excepto porque tenía recién un centímetro de dilatación. Aunque la nena estaba en posición para salir disparada desde hacía varios días, la abertura no era suficiente para su enorme cabeza, además de que yo no sentía ningún dolor significativo. A casa. Se me ocurrió que, para alivianar la futura internación, podía disfrutar los últimos momentos de soledad caminando por Corrientes hasta casa. Son apenas 20 o 30 cuadras, pero fueron suficientes para agilizar el trabajo de parto.
Al llegar a casa, llamé a mamá para comentarle; inconscientemente sabía que el momento estaba latente y quería darle algunas señales para que se fuera preparando. La única persona sincera con respecto al parto había sido mi vieja. Sus palabras, a veces un poco cruentas y siempre desoladoras, me habían concientizado con respecto a lo traumático de la experiencia. Depende, por supuesto, de cada estructura psíquica. La verdad es que se trata de una experiencia que no puede ser tomada a la ligera, por los que rodean a la madre y por ella misma. No es, tanto desde el punto de vista físico como mental, un juego en el que pueda engancharse cualquiera. En definitiva, no le dije nada a mi viejita, aunque sentí que ella había entendido el mensaje.
Pasaron, como mucho, dos horas desde el llamado y empezó el dolor. Al principio fueron puntadas en la zona baja del vientre, como si me estuviera haciendo caca. Débiles, pero persistentes. Por suerte, en ese momento llegó el padre de la criatura que hizo lo imposible para tranquilizarme. El dolor se fue haciendo más agudo y fue subiendo hasta clavárseme en la boca del estómago. Sentía como si toda la enorme panza, o lo que estaba dentro de ella, se estirara, aunque el espacio seguía siendo el mismo. Además, sentía que entre los huesos de la cadera se me instalaba un aparato para ensanchar los huesos que me hacía ver las estrellas. Ahí fue cuando llegó, con un patito de goma para el baño, la mamá del padre de la bestia que me calcinaba las entrañas. Hay fotos que recuerdan la locura del momento.
Es difícil explicar el dolor. Eso sí, no había forma de aliviarlo. Me sentaba en el piso, en la cama, me bañaba, me fumaba un cigarrillo a escondidas. Nada. Así llegaron las 23. Como el dolor era imparable, decidimos ir a la clínica. La médica de guardia me indicó que el parto era inminente, pero que todavía no había roto la bendita bolsa. Llamaron al médico, a la partera y me prepararon para ingresar a la sala de parto.
Primero, era necesario forzar la ruptura de la bolsita, por lo que la partera me recostó en una camilla y con las piernas abiertas y con unas pinzas abrió una canilla interna de un líquido abundante y caliente. Luego, como pude, caminé hasta la silla donde iba a tener a mi hija. Nunca supe si se trataba de una camilla cuyo respaldo se elevaba o una silla cuyo respaldo se reclinaba, pero el obstetra vendía la experiencia como "el parto en silla", así que de esa forma me gusta llamarla: la silla. A decir verdad, se parecía más a una camilla.
Una vez rota la bolsa, el dolor menguó pero la salida de la niña se aceleró. Como un león atrapado por una red, la cabecita pujaba por escapárseme a través de las piernas. Recostada, con ambos pies colgando de dos arneses, con el padre a la derecha, un poco hacia atrás, la partera prácticamente encima de mi costillar, con el obstetra hurgándome la entrepierna, pujar fue una obviedad. No tuve ni que pensar. Eso sí, todas las recetas que me habían brindado las clases de preparto me las pasé olímpicamente por el orto. Hice lo que pude en el momento que pude. No había mucho tiempo ni ganas de pensar si estaba contando, si estaba respirando o si tenía ganas de gritar o de cagar, porque la verdad es que sentía que el parto se asemejaba demasiado al proceso de sentarse en el inodoro para aliviar el vientre. Cuando le comenté al médico la sensación, con sumo pudor, él me tranquilizó diciendo que ese era el puntapié inicial. No grité, en ningún momento. Mis sonidos parecían el ronroneo de una bestia endemoniada, guturales, roncos, pero no alaridos como los que se podían escuchar desde una habitación contigua.
A los dos o tres pujos, la cabeza de la nena ya estaba afuera. El doctor me había hecho una pequeña incisión en los labios inferiores para que no hubiese desgarro. Y no lo sentí. Me cortó con unas tijeras la vagina y no lo sentí. Como tampoco sentí el remiendo sin anestesia que hizo posteriormente. Es que la zona está insensibilizada por otras preocupaciones.
Después de haber visto la cabeza, pujé dos veces más, el doctor la ayudó a contorsionarse, a girar los hombros para que pasen de a uno, y la nena salió enterita. Había estado demasiado tiempo adentro y tenía una vuelta de cordón umbilical en el cuello por lo que la primera imagen que tengo de ella es de terror: era una masa sanguinolenta, verdosa, azul, una rata flaca, larga, con pelos increíblemente negros y duros, en la cabeza, pero también en la espalda y en los brazos.
Se la llevaron y el padre la siguió. A mí todavía me quedaba expulsar la placenta que nos había unido con la beba y ser cosida. Pero eso no era nada. Mi principal trabajo había concluido. Si bien tuve que pujar, al médico le quedó la increíble tarea de tirar del sobrante de cordón que me había quedado dentro. Me recosté y me dejé hacer.
El padre, con una o dos lágrimas en los ojos, la trajo al rato y ya era mi bebé presentable. Una laucha limpita.
Concluyeron así los nueve meses de licencia. Empezaban los verdaderos conflictos.

martes

Medida y rima

Medida y rima

De mi belleza un día esperé ansiosa
que me granjeara halagos y rosas
para ofrendar al vidrio en el que mi virtud reposa.
De mi apariencia se encargó el camino
blanqueó en mis sienes el oro divino
y lagrimearon mis ojos sin dolor genuino.
Recorrí el camino subida al carruaje
con mi vestal dulzura y sin maquillaje
así, hoy, engalana mi cruel catadura
el velo oracular de muerte segura.
Debido es, entonces, hacer caso omiso
de las cosas bellas pues no dura el brillo.
Y cuando pregunten cómo fue mi vida
fue diré que en banalidades perdida.

caprichos

Yo deseo que hubieses brotado de un soplo de mi respiración.
Que no hubieses visto, ni olido, ni oído, ni sentido.
Tener tu pasado y tu futuro entre mis manos para ir moldeándolos a mi antojo.
Y así crearte para mí, tal cual te sueño.
Porque residís en mí, como mi sangre; y quiero ser tu sangre para anegar tu cuerpo
y poseerlo y borrar todo vestigio de manchas antiguas,
purificar el lastre de tus recuerdos que me atormentan.
Y ser nueva, ancestral, ser hoy, ayer y todas las mañanas que te faltan.
Ser miles, ser única, ser todas.
Y gobernar, déspota, sobre tu voluntad, para que me quieras tuya,
para que me aceptes y acates.
Y, tan esclavo como dueño, me grites: ¡Tuyo, tuyo, porque así lo quiero!

lunes

¡No mentirás!

Él, a quien yo amo entre las flores rojas,
mojado por el agua que destila mi cuerpo húmedo.
abismo y gris de tormento,
núbil rosáceo y macho.
Yo no soy venus en tu mástil.
Él, que es mi pena,
me torna un crisálida abriéndose en el hierro.
arrebatada por su dedo macho.
Pero, entonces, ¿quién es él,
el que me abraza?
El mar de suspicacias lo transita.
Porque él, a quien no poseo,
es tumba encajonada en el amor,y se alza entre tinieblas.
Y la noche está cerca,
es una macilenta forma que salta sobre los dos,
tiempo y ácido
yo le digo: antes que el gallo sol
eche al fuego sus huesos,
que respire a sus muertos, por la semilla y la materia,
que se arrastre en sus mares,
que cruce las manos sobre sus pechos
y cierre su puño

De razones

Río, sufro, cago, descanso e, incluso, algunas veces, me como los mocos.
Mis alas de gallina agitan puro polvo.
Y nada más.
Esperaba ser fuego. Y, con el tiempo, me convertí en heladera.
Me da miedo la crueldad;
la barbarie de los presumidos e insensibles, que pierden el pescuezo
espiando al forastero y rechazando al diferente
la bestialidad de los que aman ser ellos mismos,
porque son iguales a todos.
Soy tan estúpida como feliz.
Aunque por períodos me salen unas lágrimas que rocían mis campos resecos.
Y algunos los llaman períodos menstruales.
Yo imagino que se despierta mi espíritu sentimental.

Pero algunos siempre tienen la razón .

Creo que, por sobre todas las cosas,
amaré la imagen del mar hasta que me inunde.
Aunque repudie los ojos inquietos y los cincelados culos danzantes.
Aunque repudie al veraneante reptil y su estirpe de lagartos.
Aunque me duela la arena en las plantas
y me salgan manchas por no usar protector en la espalda.
(No llego y tampoco Nadie)

Pero voy campante por los trayectos que se presentan.
Cantando apagadito para no aturdir a Nadie.
Nadie me escucha atentamente y le gusta como canto.

Tengo suerte.
Soy dueña de algo que no puede ser jamás robado.

miércoles

Fémina

Fui hecha con pedazos de mujeres pretéritas. Me legaron dos ojos tristes, perdidos. Los labios finos, condenados al silencio. La intuición, el espíritu sensible y la facilidad para el llanto.
Me dieron armas para defenderme pero no me enseñaron al enemigo. Me entregaron dolor y cierto masoquismo para soportar un suplicio todos los meses y la aciaga ilusión de un vientre fértil.
Me dieron el vuelo pero se olvidaron las alas. Y recibí, a cambio, este cuerpo tosco y adverso.
Me concedieron manos. Pero no talento para crear con ellas, de la nada, sueños.
Me dejaron en el mundo, rodeada de belleza, y un terror infinito para que no la vea.
Las mujeres que me antecedieron depositaron en mí sus anhelos.
Y crearon un monstruo cobarde, desgraciado y funesto.

lunes

Bipoema

21/01/2008
En connivencia con el amor, dos almas jugaron, sin verse, a ser Jean Paul y Simone o Tristán e Isolda. ¿Cuál es cuál?

Sin título (aún, no logran un acuerdo porque se trata más que nada de una lucha de egos eterna)

Agua en gotas se confunden con el mar
en este paraje remoto e insondable;
papas fritas en mi boca evocan la sal;
rostros de amargas decepciones,
sobre una terraza con vista al mar;
imágenes del pasado, botellas, humo, voces.
¡No me condiciones!
La vaga sensación de que soy igual pero estoy tan lejos.
¿Qué se esconde detrás de tú?
Y yo... me tomaría otra cerveza.
Y, sin embargo, sigo sin poder salir.
Y vivo dentro de un vaso frío, con mi cigarro.
¿Cuál es tu tumba, tu tumba?
Así soy, sueños y cara de culo.

martes

Muerte (no es una adivinanza)

Los hombres me temen; suelo ser funesta.
Algunos me buscan y todos me encuentran.
¡Soñador despierto, rehúyes a la vida!
Una noche de insomnio pasaré a tu lado,
posaré en tus mejillas
mis frías manos.
Creerás que fue el viento
o un sueño velado.
Me llevaré tu pena,
beberé de tus labios los acordes de un dolor mundano.
Habrás olvidado.

miércoles

Grito.

Quiero gritarle a la noche,
que se rompa su silencio
porque presiento
que tengo aún el alma enferma.
Y la noche, con su salva
de estrellas que me juzgan
distantes y frías,
recrudecen mi tormento.
Quiero oír alguna voz
que devuelva mi grito
para no sentir la soledad
tan despiadada e injusta
carcomiendo mi ánimo
en la noche gélida y oscura.

domingo

A resguardo, entre tus brazos.

Mi cuerpo se extravía, ebrio,
preso de una turbación inexplicable.
Deseo definirlo, pero no bastan las palabras.
Entonces, rendida, me abandono
a mi pena sin esperanzas
y busco el gozo primitivo
de sentirte dominando mis venas.
Acuno mi dolor entre tus brazos,
como un ángel torturado que agoniza.
Al sentirme cerca tuyo, retirada
de esta tierra incierta y turbia,
mi fuerza se reaviva.
Y ya sin temor entrego mi mirada
a la delicadeza de tus ojos.

¡Qué insólita y fascinante delicia
sentirse acariciada por tus manos!
No sé adónde voy, ni lo que hago
y me olvido de todo admirándote.

jueves

A Horace Fernández (fallecido en noviembre de 2007)

Los monstruos que te circundan, débiles, apestados, que no tuvieron miedo de vivir, te temen.
Sospechan su propia ruina en tus pómulos prominentes y tu cuerpo esmirriado.
La hemoglobina desteñida y la sangre de los reyes te pintan la cara.
Es la peste que carga el arma de la muerte.
Es el último período de tu vida humana, tu vejez de juventud vulnerada.
Fue el amor desmedido, el azúcar de felices bacanales.
Hoy es rictus lo que ayer satisfecha risotada-
Adiós, Horace, volveré mañana
a contemplar el lóbrego islote en el que habitas,
a descubrir en tus pupilas un tímido relámpago,
a engatusar tu miedo con inmundos engaños
a persuadirme de que son útiles mi presencia y mis manos.

Ser débil

¿Cuántas veces tendría que haber huido y quedé tarada?

Tengo la voluntad enclenque y el culo ensillado.
Y los brazos
más largos que las piernas.

Me doy un baño de inmersión en el mundo
y se me arrugan tanto los dedos que no siento la piel ajena.
Y el agua está tan fría que merma en seguida
la envidia de pene.

Concibo tanto desprecio en mi vientre fértil
que quito el tapón
y el mundo lánguidamente se desagota.

Debería escapar de la estulticia ajena.
Si con la propia existo a duras penas,
anclada a la bañera.

No sé hacia dónde hay que correr.
Cierro los ojos. Miro hacia dentro.
Veo todo negro.

lunes

tempus fugit irreparabile

Detrás de toda algarabía infecunda se esconde el temor irresponsable de ser lo que determina el hado.
Parto. Me expulsa hacia Av. Corrientes el miedo a no sentirme identificada, me equivoco entre los demás para no sentir que me alejo irremediablemente hacia un final lacerado.
Marcho hacia el límite imaginado de mi degradación.
Descontenta por la miserable apoteosis de héroes sin fundamentos que emanan la peste mefítica de perfumes caros.
Fastidiada por la laboriosidad campechana del que ni siquiera se pregunta.
Acato. Sumisión. Aceptación. Respeto.
Cedemos porque permitimos que en la nostalgia pretérita se centre nuestro saber. Sabiéndolo todo, el presente es de otros.