Durante las vaciones de invierno del 2008, con mi compañero decidimos ir a Perú. En realidad, él lo decidió y se encargó de la organización y los pasajes. A mí me tocó el dinero, los soles, esos grandes billetes fragantes y coloridos, artísticos. La primera impresión es la que cuenta y salí de la casa de cambio con la alegría resoluta del que se siente libre porque ya no tiene dinero.
Nos fuimos.
Primera vez en avión. Primer miedo real. Esa sensación de estar al filo de la muerte, sin escapatoria; sobre la muerte, porque en realidad el fin siempre está en la tierra. Increíbles imágenes. Pero más increíble fue penetrar esa masa gaseosa gris que coronaba la ciudad de Lima. Aterrizamos a salvo y también al regreso, si no, no estaría contando esto.
Lima me desagradó. Quizás por el sueño, por el miedo vivido recientemente. Tal vez por el hecho de que no teníamos reservado ningún alojamiento. También pudo haber sido el avasallamiento al que nos vimos expuestos cuando un taxista se abalanzó tratando de convencernos de algo. Ante la soledad y la inmensidad del aeropuerto, decidimos seguir a ciegas al tachero. Y no era ningún gil. Ni tampoco un aprovechador de turistas. Nos llevó raudamente hacia Miraflores, una ciudad limeña paradisíaca, turística, un Inka's Market bastante desolador, puesto que esperábamos las ruinas, la historia, la conquista. Y, en cambio, nos encontramos con una moderna ciudad generada y violada por el capitalismo.
Nos alojamos sin problemas en un hotel cuyo dueño se encargó de hacernos llegar a Cusco.
De los días en Miraflores nos quedaron recuerdos muy agradables, libertad, mercados enteros de artesanías pintorescas exclusivas para turistas, comidas abundantes y baratas en un restaurante al que asistían los nativos en su hora de almuerzo y un cajón peruano. Pero también nos quedó la sensación de no haber visitado el verdadero Perú.
Bocas de expendio
Digresiones
(21)
Escritos sobre la timidez
(3)
Palabrerío
(14)
Pecados
(2)
Relatos infundamentales
(14)
Viajes
(7)
domingo
sábado
El viaje del caracol
El caracol es un molusco gasterópodo pulmonado pero eso él no lo sabe. Él conoce de hojas, de pasto, de rocío, de animales peligrosos, de caminar lentamente, aunque algunos le llamen arrastrarse. No conoce de apuros y disfruta del día y de la noche ya que para él no hay tiempo indicado con números horribles.
En mi jardín de la infancia, vivían tres caracoles a los que nunca les puse nombre porque eran muy parecidos. En muchas ocasiones, quise investigar sus costumbres pero siempre concluyó por vencerme el aburrimiento.
Cuando me acercaba a cualquiera de ellos, hacía crecer sus antenas y los otros dos aparecían por los alrededores, como si se estuviesen aprestando para la defensa.
Jamás se me ocurrió encerrarlos porque imaginaba una vida denro de un tarro o una pecera y me sofocaba.
Sigo. Se cuidaban entre ellos, aunque el resto del día estuviesen separados, alejados, cada uno pegado a su hojita, a la pared verdosa que habían elegido o en cualquier hueco húmedo.
Una vez, uno de ellos, cualquiera de ellos, desapareció durante un tiempo. Fue una semana, quizás un poco más. Los otros mantuvieron sus costumbres como si siempre hubiesen sido dos.
Y así fue como se me ocurrió esta historia, en un intento por explicar o justificar dicha desaparición.
El caracol, cansado de la monotonía y el contexto inmutable, decidió viajar. Evidentemente, la idea de viaje en un caracol es muy diferente a la que tenemos nosotros. Ni siquiera cruzó la calle.
La primera parada fue en el jardín del vecino cuyo cerezo asomaba sus ramas a la calle. El problema es que el árbol atraía a un número contundente de mirlos que se encargaban de picotear las hojas y al caracol que estaba sobre una de ellas.
Decidió escapar de aquellos pájaros negros y se dirigió al jardín siguiente. Allí se encontró con unas plantas muy apetecibles. Pero dicho edén, que crecía de manera irregular tal cual ordenaba la madre naturaleza, estaba ya gobernado por un vinagrero o cárabo dorado, como le llaman los médicos. Y ese bicho es, de por sí, un enemigo acérrimo del caracol que no dudó en huir velozmente del lugar.
Le siguió el jardín más espectacular de la cuadra, casi un laberinto de distintas especies planeado por un arquitecto, un amante de la botánica. Pero este señor tanto quería a sus plantas que odiaba a todo insecto, gusano, bicho, bicharraco y demás que las afease. Por lo tanto, utilizaba cualquier producto insecticida venenoso que pudiese terminar con las plagas sin hacer daño a su hermosas flores palaciegas. Así que el caracol, apenas hubo pisado el terreno comenzó a sentir los vahídos propios de las sustancias tóxicas. Incluso las plantas que había probado sabían diferentes de todas las anteriores.
Así que siguió su camino e ingresó en el último jardín de la manzana. Dentro, vivía una anciana que había descuidado el lugar. Las plantas agonizaban en macetas, pudriéndose a la sombra o quemándose al sol. Pocas tenían verde y las que lo conservaban aún presentaban el tinte marrón en las raíces propio del cese completo de la vida. Una tristeza.
Finalmente, después de aquella vueltita, el caracol volvió a casa, a sus amigos caracoles que ni se inmutaron con su regreso como si siempre hubiesen sido tres.
En mi jardín de la infancia, vivían tres caracoles a los que nunca les puse nombre porque eran muy parecidos. En muchas ocasiones, quise investigar sus costumbres pero siempre concluyó por vencerme el aburrimiento.
Cuando me acercaba a cualquiera de ellos, hacía crecer sus antenas y los otros dos aparecían por los alrededores, como si se estuviesen aprestando para la defensa.
Jamás se me ocurrió encerrarlos porque imaginaba una vida denro de un tarro o una pecera y me sofocaba.
Sigo. Se cuidaban entre ellos, aunque el resto del día estuviesen separados, alejados, cada uno pegado a su hojita, a la pared verdosa que habían elegido o en cualquier hueco húmedo.
Una vez, uno de ellos, cualquiera de ellos, desapareció durante un tiempo. Fue una semana, quizás un poco más. Los otros mantuvieron sus costumbres como si siempre hubiesen sido dos.
Y así fue como se me ocurrió esta historia, en un intento por explicar o justificar dicha desaparición.
El caracol, cansado de la monotonía y el contexto inmutable, decidió viajar. Evidentemente, la idea de viaje en un caracol es muy diferente a la que tenemos nosotros. Ni siquiera cruzó la calle.
La primera parada fue en el jardín del vecino cuyo cerezo asomaba sus ramas a la calle. El problema es que el árbol atraía a un número contundente de mirlos que se encargaban de picotear las hojas y al caracol que estaba sobre una de ellas.
Decidió escapar de aquellos pájaros negros y se dirigió al jardín siguiente. Allí se encontró con unas plantas muy apetecibles. Pero dicho edén, que crecía de manera irregular tal cual ordenaba la madre naturaleza, estaba ya gobernado por un vinagrero o cárabo dorado, como le llaman los médicos. Y ese bicho es, de por sí, un enemigo acérrimo del caracol que no dudó en huir velozmente del lugar.
Le siguió el jardín más espectacular de la cuadra, casi un laberinto de distintas especies planeado por un arquitecto, un amante de la botánica. Pero este señor tanto quería a sus plantas que odiaba a todo insecto, gusano, bicho, bicharraco y demás que las afease. Por lo tanto, utilizaba cualquier producto insecticida venenoso que pudiese terminar con las plagas sin hacer daño a su hermosas flores palaciegas. Así que el caracol, apenas hubo pisado el terreno comenzó a sentir los vahídos propios de las sustancias tóxicas. Incluso las plantas que había probado sabían diferentes de todas las anteriores.
Así que siguió su camino e ingresó en el último jardín de la manzana. Dentro, vivía una anciana que había descuidado el lugar. Las plantas agonizaban en macetas, pudriéndose a la sombra o quemándose al sol. Pocas tenían verde y las que lo conservaban aún presentaban el tinte marrón en las raíces propio del cese completo de la vida. Una tristeza.
Finalmente, después de aquella vueltita, el caracol volvió a casa, a sus amigos caracoles que ni se inmutaron con su regreso como si siempre hubiesen sido tres.
RÓTULOS
Relatos infundamentales
Vacaciones de viejos
Villa Gesell tiene un atractivo difícil de explicar. Alguna vez, alguien me dijo que había que sentirlo más que verlo. Más allá de que me cuesta creer en esa sensibilidad, algo de eso hay. Si no, no se entiende la fascinación con que algunos la vivimos.
No deja de ser una ciudad balnearia, con su turismo avasallante y peligroso. Un poco más pretenciosa y exclusiva que la popular Mar del Plata; bastante menos paqueta que Cariló u Ostende, Villa Gesell tiene su gente, a la que uno se cruza cada verano en las calles. Y aquel que la visitó en invierno sabe que, si bien ciertas cosas cambian, la belleza sigue ahí, en las calles sinuosas, en las casas alpinas de la zona norte, en las playas enormes fuera del centro.
Sin embargo, desde hace algunos años, el fraudulento desamorado acarrea hacia la Villa el producto de su desamor. No cuidarla nos va a traer ingentes prejuicios que desconocemos. Ya fue víctima de edificios y balnearios. Ahora, son los jóvenes, esas pandillas parasitarias y destructivas que hacen añicos la belleza del lugar.
Se entiende que la juventud está a merced del disfrute inmediato y más que nunca su actitud es punk porque ni siquiera hay protesta. Los jóvenes no se quejan, ni siquiera desean divertirse, solo esperan sucumbir. O hacer que las cosas sucumban. No tienen ningún interés en recorrer calles o conocer gente. Solo esperan poder gritar, golpear, destruir.
Pleno enero es un caos y no de gente que recorre la 3 gastando plata a lo loco y alimentando la Villa que se adormecerá con el fin de la temporada. Es un caos de jóvenes que toman todo lo que pueden tomar, gritan todo lo que sus gargantas les permitan y cantan fervientes: "La concha de tu madre All Boys". Y el problema real no es este, porque uno alguna vez fue joven y entiende que deseen divertirse de una manera extrovertida, invitando incluso a aquellos que no quieren divertirse. El tema es que la jodita de los nenes destruye. Buscan todo el tiempo provocar, armar grescas, pelearse. Por cualquier motivo. Le gritan a uno que pasa con la novia: "Demasiado pan para ese salame". Y, si bien puede causar gracia, concluye por generar tristeza. Ese pibe, agitado por la bandita, queda entre la espada y la pared; entre el oprobio de ser el salame de su novia o ser el salame cagado a palos por un conjunto de boludos.
Y, además, estos mismos boludos se encargan de defenestrar a las mujeres que, en su salsa y sintiéndose divas, se exponen, ebrias de alcohol y de estrellato, a comentarios del tipo: "Adiós....pedile que te pague el slim, gorda" o "Mirá esa zanja y yo sin las botas".
La Villa se convirtió en un lugar en el que prima el descontrol de una juventud necesitada de intereses, de paz, de descubrimientos, y la falta de respeto entre ellos.
Una pena.
No deja de ser una ciudad balnearia, con su turismo avasallante y peligroso. Un poco más pretenciosa y exclusiva que la popular Mar del Plata; bastante menos paqueta que Cariló u Ostende, Villa Gesell tiene su gente, a la que uno se cruza cada verano en las calles. Y aquel que la visitó en invierno sabe que, si bien ciertas cosas cambian, la belleza sigue ahí, en las calles sinuosas, en las casas alpinas de la zona norte, en las playas enormes fuera del centro.
Sin embargo, desde hace algunos años, el fraudulento desamorado acarrea hacia la Villa el producto de su desamor. No cuidarla nos va a traer ingentes prejuicios que desconocemos. Ya fue víctima de edificios y balnearios. Ahora, son los jóvenes, esas pandillas parasitarias y destructivas que hacen añicos la belleza del lugar.
Se entiende que la juventud está a merced del disfrute inmediato y más que nunca su actitud es punk porque ni siquiera hay protesta. Los jóvenes no se quejan, ni siquiera desean divertirse, solo esperan sucumbir. O hacer que las cosas sucumban. No tienen ningún interés en recorrer calles o conocer gente. Solo esperan poder gritar, golpear, destruir.
Pleno enero es un caos y no de gente que recorre la 3 gastando plata a lo loco y alimentando la Villa que se adormecerá con el fin de la temporada. Es un caos de jóvenes que toman todo lo que pueden tomar, gritan todo lo que sus gargantas les permitan y cantan fervientes: "La concha de tu madre All Boys". Y el problema real no es este, porque uno alguna vez fue joven y entiende que deseen divertirse de una manera extrovertida, invitando incluso a aquellos que no quieren divertirse. El tema es que la jodita de los nenes destruye. Buscan todo el tiempo provocar, armar grescas, pelearse. Por cualquier motivo. Le gritan a uno que pasa con la novia: "Demasiado pan para ese salame". Y, si bien puede causar gracia, concluye por generar tristeza. Ese pibe, agitado por la bandita, queda entre la espada y la pared; entre el oprobio de ser el salame de su novia o ser el salame cagado a palos por un conjunto de boludos.
Y, además, estos mismos boludos se encargan de defenestrar a las mujeres que, en su salsa y sintiéndose divas, se exponen, ebrias de alcohol y de estrellato, a comentarios del tipo: "Adiós....pedile que te pague el slim, gorda" o "Mirá esa zanja y yo sin las botas".
La Villa se convirtió en un lugar en el que prima el descontrol de una juventud necesitada de intereses, de paz, de descubrimientos, y la falta de respeto entre ellos.
Una pena.
lunes
Va a sonar a perogrullada, pero ser padre es una tarea muy difícil. Como la de minero, uno se introduce en una cueva oscura con una pequeña linterna que son las experiencias narradas pero que de nada sirven ante lo ignoto que cada curva o vida representa. Ahora, de esa cueva se pueden extraer piedras preciosas, materiales nobles. O también, uno puede picar durante años en una piedra obsoleta, inviolable, inútil. Un hijo puede ser comparado con esa cueva. Qué sé yo.
A estas reflexiones infructuosas me llevaron unos amigos que tuvieron hace algunos cuantos años a su primera hija. Y última, por cierto.
No hay culpables en esta historia y tampoco hay final feliz, por lo menos no acá.
La hija de este matrimonio nació tan vistosa y tan perfecta que, en poco tiempo, fue reina sin haber sido princesa. Y así empieza el dilema. Si bien sus padres eran personas capaces y calculaban el daño, la niña no obtenía una negación como respuesta aunque su capricho implicara el extenuante sometimiento de sus progenitores a un sinfín de vejaciones.
Así fue como, un día cualquiera, el padre y la niña caminaban por una avenida cualquiera de la Capital Federal, pongamos Caseros, y a la endemoniada se le antojó una muñeca que se negaba tranquila en una vidriera. El padre quiso evitar las manchas púrpuras y el alarido de la criatura, porque encima de todo la niña tenía unas mañas ineluctables, entonces compró la muñeca, muy a pesar de su bolsillo.
No era un juguete cualquiera, tenía mucho cabello extrañamente dorado, un hermoso vestidito rosa y dos ojos alelados, casi humanos, que se abrían y se cerraban a medida que su dueña la meciese. Era un primor y supongo que eso encabronó a la tirana que, al poco tiempo, le había dejado la mollera como una bola, los ojos inutilizados y le había escrito en todo el cuerpo un sinnúmero de mensajes indescifrables, evidentemente demoníacos.
El padre, pobre hombre, tratando de remediar el horror y la pérdida, decidió vender la muñeca a una casa de restauración de juguetes, aunque nunca recuperó ni remotamente lo invertido. Por otro lado, la nena ni se mosqueó por la desaparición, tan acostumbrada como estaba a suplir una cosa por otra y a que nada tuviese un valor y menos simbólico.
Y aunque debería terminar el relato porque la idea del perjuicio que los padres dóciles acarrean a sus hijos está expuesta, la historia no termina acá ya que, además de todo, parece que no existe tal cosa como la justicia poética y evidentemente la vida no conoce de leyes del Talión ni de ningún otro tipo.
Un tiempo después, olvidada por otras histerias la anécdota de la muñeca, la madre de la niña, siguiendo el camino trazado por el destino de madre sumisa y amorosa, iba caminando junto a su hija por una avenida cualquiera, podría bien tratarse de Monroe. A pesar de lo que podría esperarse, la nena ese día parecía satisfecha y feliz, que es lo mismo. Ya conversaba tan abiertamente que no tuvo problemas en comunicar que deseaba esa muñeca que descansaba alelada, con sus ojos casi humanos, su extraña cabellera dorada y su vestidito rosado en la vidriera de aquella casa de restauración de muñecos maltratados.
A estas reflexiones infructuosas me llevaron unos amigos que tuvieron hace algunos cuantos años a su primera hija. Y última, por cierto.
No hay culpables en esta historia y tampoco hay final feliz, por lo menos no acá.
La hija de este matrimonio nació tan vistosa y tan perfecta que, en poco tiempo, fue reina sin haber sido princesa. Y así empieza el dilema. Si bien sus padres eran personas capaces y calculaban el daño, la niña no obtenía una negación como respuesta aunque su capricho implicara el extenuante sometimiento de sus progenitores a un sinfín de vejaciones.
Así fue como, un día cualquiera, el padre y la niña caminaban por una avenida cualquiera de la Capital Federal, pongamos Caseros, y a la endemoniada se le antojó una muñeca que se negaba tranquila en una vidriera. El padre quiso evitar las manchas púrpuras y el alarido de la criatura, porque encima de todo la niña tenía unas mañas ineluctables, entonces compró la muñeca, muy a pesar de su bolsillo.
No era un juguete cualquiera, tenía mucho cabello extrañamente dorado, un hermoso vestidito rosa y dos ojos alelados, casi humanos, que se abrían y se cerraban a medida que su dueña la meciese. Era un primor y supongo que eso encabronó a la tirana que, al poco tiempo, le había dejado la mollera como una bola, los ojos inutilizados y le había escrito en todo el cuerpo un sinnúmero de mensajes indescifrables, evidentemente demoníacos.
El padre, pobre hombre, tratando de remediar el horror y la pérdida, decidió vender la muñeca a una casa de restauración de juguetes, aunque nunca recuperó ni remotamente lo invertido. Por otro lado, la nena ni se mosqueó por la desaparición, tan acostumbrada como estaba a suplir una cosa por otra y a que nada tuviese un valor y menos simbólico.
Y aunque debería terminar el relato porque la idea del perjuicio que los padres dóciles acarrean a sus hijos está expuesta, la historia no termina acá ya que, además de todo, parece que no existe tal cosa como la justicia poética y evidentemente la vida no conoce de leyes del Talión ni de ningún otro tipo.
Un tiempo después, olvidada por otras histerias la anécdota de la muñeca, la madre de la niña, siguiendo el camino trazado por el destino de madre sumisa y amorosa, iba caminando junto a su hija por una avenida cualquiera, podría bien tratarse de Monroe. A pesar de lo que podría esperarse, la nena ese día parecía satisfecha y feliz, que es lo mismo. Ya conversaba tan abiertamente que no tuvo problemas en comunicar que deseaba esa muñeca que descansaba alelada, con sus ojos casi humanos, su extraña cabellera dorada y su vestidito rosado en la vidriera de aquella casa de restauración de muñecos maltratados.
RÓTULOS
Relatos infundamentales
jueves
La fuerza del cocodrilo
En la selva, aunque no puedas creerlo, todos los animales jugaban y se divertían unos con otros sin que existieran mayores conflictos.
Sin embargo, ahora, nadie quiere jugar con el cocodrilo. El cocodrilo tiene totalmente prohibido jugar con los demás.
Los animales lo desprecian porque, según ellos, es un animal temible y torpe.
Parece que un día, los monos y los lemures estaban jugando a una especie de volley. El cocodrilo, desde el agua, observaba atentamente el partido sin entender nada de lo que pasaba en aquel campo de juego.
En cierto momento, uno de los simios le arrojó a un lemur la pelota, pero este no supo calcular la distancia y brincó tan alto que la pelota siguió su curso, golpeó contra una roca, rebotó en una rama y cayó con un estruendo en medio del arroyuelo donde vivía el cocodrilo. Este quiso hacer amistad y, aunque no tenía idea de como se jugaba a semejante juego extraño, atrapó la pelota con sus dientes y psssss....la pelota se pinchó. Los animales que estaban jugando no dijeron nada y, desilusionados, se alejaron del lugar.
Así fue como, por intentar meterse en el juego de los demás sin conocer las reglas ni sus propias capacidades, fue despreciado consuetudinariamente.
Sin embargo, ahora, nadie quiere jugar con el cocodrilo. El cocodrilo tiene totalmente prohibido jugar con los demás.
Los animales lo desprecian porque, según ellos, es un animal temible y torpe.
Parece que un día, los monos y los lemures estaban jugando a una especie de volley. El cocodrilo, desde el agua, observaba atentamente el partido sin entender nada de lo que pasaba en aquel campo de juego.
En cierto momento, uno de los simios le arrojó a un lemur la pelota, pero este no supo calcular la distancia y brincó tan alto que la pelota siguió su curso, golpeó contra una roca, rebotó en una rama y cayó con un estruendo en medio del arroyuelo donde vivía el cocodrilo. Este quiso hacer amistad y, aunque no tenía idea de como se jugaba a semejante juego extraño, atrapó la pelota con sus dientes y psssss....la pelota se pinchó. Los animales que estaban jugando no dijeron nada y, desilusionados, se alejaron del lugar.
Así fue como, por intentar meterse en el juego de los demás sin conocer las reglas ni sus propias capacidades, fue despreciado consuetudinariamente.
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miércoles
La lluvia
La lluvia me trae recuerdos de la infancia, de cuando íbamos a Beguerie y cerraban los caminos.
Después, se murieron mis parientes o se fueron del pueblo a otro pueblo. Y ya no llovió más. O llovía igual, pero ya no cerraron los caminos. O sí los cerraban.
La cosa es que cerraron el ferrocarril y ahí se murió el pueblo y ya no hubo caminos para embarrar.
La pasábamos muy bien.
Después, se murieron mis parientes o se fueron del pueblo a otro pueblo. Y ya no llovió más. O llovía igual, pero ya no cerraron los caminos. O sí los cerraban.
La cosa es que cerraron el ferrocarril y ahí se murió el pueblo y ya no hubo caminos para embarrar.
La pasábamos muy bien.
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Digresiones
jueves
La vida no tiene sentido
Las cosas que hacemos, que pensamos, sentimos, no tienen el grandísimo valor que les otorgamos o que les otorgan otros por nosotros. Sé que voy a sufrir cuando algún ser muy querido fallezca pero, al instante, voy a querer ir al bañoo bostezar. Aunque no quiera dormir o quiera no comer, al final voy a concluir por ceder a la fuerza natural. Y esa fuerza que se repite a diario, me da la pauta de la estupidez de todas las cosas. Y si yo le imprimo, para variar la cotidianeidad, un toque de locura, me tiño el cabello, me compro el último modelo de algo, me voy de viaje con mi mochila, son todos hechos que, en sí mismos, llevan el sinsentido de la existencia.
Allá, en la muerte, todos esos gustos, placeres, experiencias vividas, aprendizajes, desconocimientos, no le importarán a nadie y menos a mí.
Por lo tanto, ante la pregunta acerca del por qué de las cosas, la respuesta es porque se me canta, porque no me queda otra, porque es lo que hay. Y si quedara otra, sería tan estúpida como esta.
Buscaré la felicidad, sí, pero sin negar que es tan efímera como el dolor, que miles de otras felicidades me quedan vedadas por esa elección, que no conoceré nunca la verdad de las cosas, de mí misma, de nada.
De esta manera, pierde peso el valor de la vida, todo lo que tengo, lo que soy, aquello en lo que la sociedad me ha convertido, no significan nada. Porque a su vez significan todas las cosas que ya no seré, que nunca tendré.
¿Cuál es el sentido de la vida, entonces? Ninguno.
Por eso, cualquier cosa le otorga sentido a la existencia. Encontrarse una piedra, encender una luz o un cigarrillo, oler una flor. Esas cosas son y son lo que no son.
Probablemente, no sea así como digo.
Allá, en la muerte, todos esos gustos, placeres, experiencias vividas, aprendizajes, desconocimientos, no le importarán a nadie y menos a mí.
Por lo tanto, ante la pregunta acerca del por qué de las cosas, la respuesta es porque se me canta, porque no me queda otra, porque es lo que hay. Y si quedara otra, sería tan estúpida como esta.
Buscaré la felicidad, sí, pero sin negar que es tan efímera como el dolor, que miles de otras felicidades me quedan vedadas por esa elección, que no conoceré nunca la verdad de las cosas, de mí misma, de nada.
De esta manera, pierde peso el valor de la vida, todo lo que tengo, lo que soy, aquello en lo que la sociedad me ha convertido, no significan nada. Porque a su vez significan todas las cosas que ya no seré, que nunca tendré.
¿Cuál es el sentido de la vida, entonces? Ninguno.
Por eso, cualquier cosa le otorga sentido a la existencia. Encontrarse una piedra, encender una luz o un cigarrillo, oler una flor. Esas cosas son y son lo que no son.
Probablemente, no sea así como digo.
martes
Actualizar
Hace un tiempo la manera más efectiva de introducir a los jóvenes en la fantasía de un mundo mejor, de una justicia efectiva, de una gloria nacional, de la belleza, el amor, la fraternidad, la paz, eran los cuentos folclóricos, populares, anacrónicos, memorables. Enseñanzas, mensajes, estilos de vida, valores, todo se reflejaba en aquellos cuentos que se transmitían oralmente y de los que nadie podía escapar. Incluso la persona más lega había oído y conservaba en la memoria alguna de esas historias. El poder de aquellos pequeños discursos repetitivos y formulistas residía, justamente, en la imposibilidad de olvidarlos.
Hoy, la actualidad nos depara otras formas más veloces de aspirar a la paz y la felicidad. Hoy, todos tenemos la posibilidad de construir nuestro propio cuento tradicional. Hoy, nuestro mundo se actualiza al apretar una tecla, se guarda en una carpeta, se conserva en memorias virtuales; nuestras ideologías se plasman en una pantalla. Ya no hay una única princesa a la que le sucede el milagro. Cada uno de nosotros se transforma hoy en un cuento. Por eso, ya no se conserva la costumbre de la lectura. Por eso, estamos tan pendientes de nuestro contacto con el mundo global. Al masificarse el protagonista del relato tradicional, su valor se dispersa. Ya no hay héreos o antihéroes, ahora hay nicks, usernames, avatares, fakes, nadie es o existe, nadie está realmente. El cuento tradicional muere para darle paso a la falsificación de uno mismo. Ya no se alcanza la gloria a través del otro, sino a través de la autocreación, del rehacerse a uno mismo, reinventarse como protagonista de su propio relato folclórico.
Hoy, la actualidad nos depara otras formas más veloces de aspirar a la paz y la felicidad. Hoy, todos tenemos la posibilidad de construir nuestro propio cuento tradicional. Hoy, nuestro mundo se actualiza al apretar una tecla, se guarda en una carpeta, se conserva en memorias virtuales; nuestras ideologías se plasman en una pantalla. Ya no hay una única princesa a la que le sucede el milagro. Cada uno de nosotros se transforma hoy en un cuento. Por eso, ya no se conserva la costumbre de la lectura. Por eso, estamos tan pendientes de nuestro contacto con el mundo global. Al masificarse el protagonista del relato tradicional, su valor se dispersa. Ya no hay héreos o antihéroes, ahora hay nicks, usernames, avatares, fakes, nadie es o existe, nadie está realmente. El cuento tradicional muere para darle paso a la falsificación de uno mismo. Ya no se alcanza la gloria a través del otro, sino a través de la autocreación, del rehacerse a uno mismo, reinventarse como protagonista de su propio relato folclórico.
sábado
Mientras me fumaba un cigarrillo en el patio, me tocó presenciar uno de los hechos más mortificantes de mi existencia. Una mosca que sobrevolaba el techo fue succionada por una de las telarañas ancestrales que gobiernan ese rincón florido de la casa. El batir desesperado de las alitas generó un zumbido portentoso que hizo temblar las hojas del ficus.
La araña, con su espíritu maquiavélico, absorbió a la mosca hacia su cueva techada. Y no volvió a escucharse el retumbar de las alas sino que el silencio se apoderó del patio, del barrio y creo que de todo el universo. Mientras mi cigarro se consumía, comprendí la desesperación del saberse atrapado.
La araña, con su espíritu maquiavélico, absorbió a la mosca hacia su cueva techada. Y no volvió a escucharse el retumbar de las alas sino que el silencio se apoderó del patio, del barrio y creo que de todo el universo. Mientras mi cigarro se consumía, comprendí la desesperación del saberse atrapado.
viernes
Miedo a perder el trabajo, miedo a no encontrar nunca trabajo. Miedo al hambre, miedo a la comida. Miedo a los ladrones. Miedo a la policía. Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, a la noche sin pastillas para dormir y al día sin pastillas para despertar. Miedo a la multitud, a la soledad, a lo que fue y a lo que pudo ser. Miedo de morir, miedo de vivir.
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